LULA DA SILVA, SENTIDO HISTÓRICO DE UNA CONDENA
Mario Maestri - Jueves 20 de Julio de 2017

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El proceso que está viviendo Brasil motiva infinidad de valoraciones. Tratando de ver el tema en perspectiva y no viendo estrechamente cada episodio aportamos acá este trabajo de Mario Maestri, historiador brasileño (especialista en la historia de Brasil y de la historia de la esclavitud en América) de larga trayectoria académica y militancia política en distintas organizaciones al cabo de los años, no solamente en Brasil. FM
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El calendario de la condena de Lula da Silva fue de reloj suizo. Se dio después de dos semanas del fracaso de la huelga general y mientras el Senado aprobaba, por amplia mayoría y bajo el silencio de las calles, un asalto histórico a los derechos laborales.

Si millones de trabajadores hubieran bajado a las calles, Sérgio Moro esperaría tiempos mejores para accionar su guillotina y el Senado se comportaría en forma diversa. Freír los huevos en la condena es parte de una historia mucho más amplia. Es sólo la frutilla de la torla que desde hace años está siendo horneada, teniendo el imperialismo como dulzón y como auxiliares obedientes segmentos nacionales propietarios. Para una comprensión más amplia de los éxitos actuales, tenemos que contemplar el pasado.

La sumisión plena de Brasil al estatus de país semi-colonial, bajo la bota del capital mundial, impulsada en el último medio siglo, alcanza hoy un nivel exacerbado. En los años 1930, Brasil y otras naciones de las Américas vivieron condiciones históricas propicias a la génesis de un capitalismo autónomo, bajo la hegemonía de clases burguesas nacionales, volcado al mercado interno y apoyado en los trabajadores fabriles. En Brasil, ese movimiento conoció la oposición de las clases agrario-exportadoras precapitalistas, decadentes en aquellos años.

En los años 1950, el proceso de industrialización por sustitución de importaciones provocaría la regresión del estado semi-colonial conocido durante la Colonia [1532-1822], Imperio [1822-1889] y la República Vieja [1889-1930]. Es decir, situación de autonomía política formal y sumisión de las decisiones económicas centrales al capital externo. Después de la II Guerra Mundial, acaudillados por el imperialismo, los agro-exportadores, el frágil capital bancario nacional, las clases medias, etc. se movilizaban contra aquel movimiento, sin resultados inmediatos.

Sin embargo, en aquellos años, el proceso de industrialización sostenido por el capital público y privado nacional, apoyado en el mercado interno, entró en crisis, sobre todo debido a la no conclusión de la "revolución democrático-burguesa" realizada en forma "pasiva", "rebanada" y limitada, con momentos altos en la Revolución Abolicionista [1888] que unificó el mercado de trabajo, y en la" Revolución de 1930 " que impulsó la industrialización y la construcción del Estado-nación brasileño. Para seguir en el proceso industrialista nacional, se imponía reforma agraria radical, el fortalecimiento de los bancos públicos, la construcción de una tecnología nacional, al universalización de las leyes laborales, la transición de la explotación industrial extensiva a la intensiva y el aumento sustancial de los salarios, etc. Algunas de estas fueron  medidas propuestas, tímidamente, por las "Reformas de base" janguistas.

L
A BOTA IMPERIALISTA

En los años 1960, la burguesía industrial nacional se sometió al imperialismo, temiendo que el el mundo del trabajo terminase fortalecido con la aplicación de las políticas que requeriría  la reanudación del desarrollo nacional. Mostró así plenamente su incapacidad de acaudillar la revolución democrática brasileña. El 1 de abril de 1964, formó parte del bloque social que entregó el gobierno a los militares, inicialmente bajo la hegemonía estadounidense, representada por el gobierno dictatorial de Castelo Branco [1964-67]. El golpe dentro del golpe que entronizó a Costa e Silva en marzo de 1967, y los dictadores siguientes hasta 1985, expresó, en la defenstración de la dirección económica a los liberales castelistas Octavio Gouveia de Bulhões y Roberto Campos, que fueron sustituidos por Delfim Neto, joven economista, desarrollista, representante de la industria paulista.

La propuesta inicial imperialista de privatizar las empresas públicas y liberalizar las importaciones cedió lugar a una fuerte expansión de las empresas estatales, del sistema bancario público, de la tecnología nacional y la reserva al capital autóctono de nuevas ramas industriales - telefonía, informática, etc. La orden militar retomó también el proyecto getulista de parque militar y del armamento atómico, que resultó en el rompimiento del acuerdo militar en 1977 con el gobierno de Estados Unidos. La gran ruptura con el proyecto getulista fue el abandono del ahorro y del mercado internos como apoyos del desarrollismo nacional. Apoyada en las exportaciones y los préstamos internacionales la burguesía de la época de la dictadura buscaba la superexplotación de los trabajadores, desplazando al mercado interno como espacio primordial de realización de la producción interna. En el nacional-desarrollismo populista, la hegemonía burguesa sobre los trabajadores imponía el consenso [concordancia-sumisión] a través de concesiones y represión. En el orden militar, la represión se convertía en el polo dominante.

FIN DEL MILAGRO

En 1973-4, la crisis mundial ["choque del petróleo"] inviabilizó el patrón desarrollista autoritario. Los intereses de la deuda subieron a las estrellas y el mercado consumidor mundial cayó en picada. Con la insolvencia de Brasil, los militares cortaron las inversiones e impulsaron la inflación y el "apretón salarial" para pagar la deuda externa. La nueva situación alienó el apoyo al régimen de importantes segmentos de las clases medias y relanzó la lucha sindical, silenciada desde 1968.

En el bloque social movilizado por la "redemocratización" del país se encontraban igualmente los segmentos del capital nacional e internacional "antiestatales" y sobre todo "privatistas" que se organizaron para ablandar, en condiciones excepcionales, las propiedades estatales construidas sobre todo en los años getulistas y fuertemente potenciadas durante las dos décadas de dictadura. Estas fuerzas se organizaron para impedir las elecciones directas para que luego los gobiernos que impulsaran sus exigencias. El imperialismo se apoyaba en el ya poderoso sistema bancario nacional y en importantes núcleos industriales además del latifundio, que decrecía en su importancia.

La entronización presidencial de Collor de Melo, en marzo de 1990, fue un fallo, aun habiendo alienado importantes bienes estatales y avanzado en iniciativas antipopulares exigidas por el gran capital. Por el contrario, los ocho años de la era fernandina [01 / 1995-01 / 2003] fueron un enorme éxito. Después de la privatización desenfrenada, poco quedó de las joyas de la corona, a la excepción del Banco do Brasil, de la Caixa Econômica Federal, del BNDS, de Petrobrás. Se implementaron también importantes ataques a los derechos del mundo del trabajo y de redimensionamiento de la autonomía nacional. Bajo la política de intereses astronómicos, la deuda explotó. Se desmonta el ensayo de superación del estatus semi-colonial de Brasil, avanzado por el proyecto popular desarrollista, volcado al mercado interno, de 1930-1950, con la subordinación del operario industrial y el proceso autoritario de los años 1967-85 volcado al mercado mundial y apoyado en la superexplotación de los trabajadores.

Por primera vez en la historia del Brasil contemporáneo, durante los gobiernos de FHC, se materializó la pérdida efectiva del control de las decisiones económicas centrales del país por las clases dominantes nacionales a favor del gran capital mundial. Pedro Malan, como ministro de Hacienda, y Armínio Fraga, ex funcionario del capital especulativo mundial, en la presidencia del Banco Central, circunscribieron esa realidad. En el período Sarney-FHC,
se desmontó la reserva de mercado y las industrias bélica y aeronáutica, así como el proyecto atómico de la dictadura militar.

EL MUNDO DEL TRABAJO EN BUSCA DE SU DESTINO

No vamos aquí a discutir las raíces históricas, políticas, ideológicas, etc. de la debilidad del movimiento obrero, antes y después de constituirse Brasil como Estado-Nación. El hecho es que los trabajadores de Brasil jamás lograron avanzar plenamente como uno todo, o una gran parte, de la situación de "clase en sí" [desde su existencia material] a la de "clase para sí" [producto de la organización y construcción de su programa propio]. Los años de mediados de la década de 1970 fueron excepciones. En el contexto del impulso industrialista del "Milagro Brasileño", que fortaleció sobre todo a los trabajadores metal-mecánicos, químicos, de la construcción y del sistema bancario, el mundo del trabajo movilizado en la lucha por la recomposición salarial, ensayó un movimiento autonómico político y sindical, que resultó en la fundación del PT, tendencialmente anticapitalista, en 1980, y de la CUT, claramente clasista, en 1983.

Por las cosas de la suerte, los dos movimientos tuvieron como símbolo nacional el nordestino Luis Inácio da Silva, Lula, dirigente del Sindicato de Metalúrgicos de São Bernardo do Campo y Diadema, principal polo del enfrentamiento sindical con la dictadura, a finales de los años 1970. Cuando surgió como liderazgo sindical, Lula da Silva tenía escasa formación política y jamás había participado en la lucha contra la dictadura, a pesar de haber tenido 30 años en 1975. En ese entonces, se declaró anti-comunista. Décadas más tarde, confesaría que jamás fue de izquierda y se definía como liberal.

El momento de construcción autonómica del mundo del trabajo impulsado por las grandes luchas sindicales de aquellos años, se desarmó luego bajo el impacto de la crisis económica de los años 1980 ("Década Perdida") de la explosión del desempleo y la inflación;, de la reestructuración de la economía y la producción, etc. Fue enorme el efecto del tsunami neoliberal que materializó la derrota histórica mundial de los trabajadores, precisamente mientras el PT y la CUT se organizaban y se institucionalizaban.

Con la disolución en 1990 de la URSS y los países de economía nacionalizada y planificada, el puntero de la historia retrocedió dolorosamente y los trabajadores, bajo el golpe de la derrota, pasaron literalmente desacreditar su programa de superación de la crisis social ("crisis de subjetividad"). No fue el anunciado "fin de la historia " sino la instalación plena de la "contrarrevolución permanente" que se mantiene hasta hoy, que se ensañaría sin piedad contra los derechos nacionales y sociales de miles de millones de ciudadanos y trabajadores a través del mundo.

La llamada "fase heroica", pura y dura, del Partido de los Trabajadores, comenzó a disolverse, antes de consolidarse. Bajo la hegemonía de Lula da Silva y su núcleo duro -José Dirceu, Antônio Palocci, Gilberto Carvalho, Luiz Gushiken, Marco Aurelio García, etc.- se impuso la hegemonía de los parlamentarios, profesionales, etc., sobre la organización por la base. La metamorfosis se apoyó en vastos sectores de la militancia, del movimiento sindical, de la sociedad brasileña, desmoralizados por el reflujo social, y que tenían -o creían tener- algo que ganar en la colaboración con el capital. La adhesión a la propuesta de gestión colaborativa del capitalismo dominó la dirección petista, sus parlamentarios, administradores, etc.

Durante largos años, en el contexto de la orientación social-democrática y, por lo tanto, social-liberal, el PT se mantuvo como referencia de trabajadores asalariados, y por la presión de los mismos los parlamentarios petistas interrumpieron o mitigaron las ofensivas contra los derechos sociales. Pero el PT administró municipios y estados en sintonía con el capital y sin avanzar ninguna iniciativa social estructural. El PT anticapitalista fue un pollito que murió en la cáscara del huevo. Igual colaboracionismo se consolidó en la CUT y fue facilitado por el retiro de sindicalistas clasistas hacia la fundación de "centrales" rojas o partidarias.

TENDIENDO UNA MANO


Con la desmoralización general del segundo gobierno FHC, el gran capital aceptó la oferta del lulismo para asumir la presidencia, avanzar las políticas neoliberales e imponer, debido a su prestigio y al control del movimiento social, los ataques a los derechos de los trabajadores que Collor de Melo y FHC no tuvieron la fuerza para impomer. Las promesas al capital se cumplieron caninamente, en las tres y media administraciones del PT. Pivatizaciones, desregulación, ataque a la economía popular, apriete salarial, alta rentabilidad y financiacion del capital, etc. Las decisiones económicas centrales siguieron entregadas al gran capital mundial. Acuerdos draconianos se firmaron con el FMI.
La sumisión al capital era caminar sobre filo de la navaja, ya que ocasionaba una pérdida creciente del apoyo social con el que el petismo contaba para controlarlo y desmovilizarlo. Debido a la pérdida tendencial del apoyo de los trabajadores, el petismo trató de reconstituir una nueva base electoral. Contribuyó a disolver la conciencia social clasista, promoviendo la diferenciación de "trabajadores de clase media" incentivando el corte supra-social entre blancos / no blancos, etc. Sobre todo, buscó un apoyo electoral a través de "políticas compensatorias" dirigidas a los sectores más atrasados ​​de la población, según las propuestas del Banco Mundial.

La corrupción desbordada en que sumidos miles de petistas formó parte del deslizamiento social-liberal del partido. La evaporación de la base militante y las nuevas pautas político-electorales exigían campañas cada vez más caras, necesariamente financiadas por el capital. Los servicios prestados al capital permitían también un fácil enriquecimiento personal y la ilusión de que las clases dominantes tendrían con los nuevos sirvientes petistas la misma tolerancia de ojos cerrados e siempre mostraron con la derecha tradicional.

Pero el gran capital y el imperialismo ya habían retirado el apoyo a la primera administración de Rousseff [2011-14], en la búsqueda de imponer al país un presidente conservador purasangre y no más uno subcontratado. Las movilizaciones de junio de 2013 liquidaron el mito del control petista sobre el movimiento social. Por lo tanto, el PT no prestaba más los servicios para los que estaba. Pago. Sin embargo, el rechazo del colaboracionismo petista tenía raíces más profundas y era un fenómeno internacional.

El fin de la bonanza de los altos precios de las materias primas, el retorno de la crisis económica mundial, la reanudación de la ofensiva imperialista general contra Irán, Libia, Siria y, sobre todo, Rusia y China exigían una sumisión más profunda al imperialismo, la destrucción de las veleidades de lo núcleos capitalistas nacionales, una mayor superexplotación del trabajo, el pago incondicional de la deuda. El capital hegemónico mundial exigía un salto de calidad en la reorganización semi-colonial del país en desarrollo.

La estrategia elegida fue la "revolución de terciopelo", contra la "corrupción". Es decir, un golpe no militar apoyado en la movilización de las clases medias, como el inaugurado en Checoslovaquia en 1989 y luego en otras naciones. Fue una iniciativa que se hizo viable por la creciente corrosión de las condiciones de vida de la población brasileña, que llevaba a la exasperación de las clases medias afectadas por la radicalización del "capitalismo social de mercado", donde el Estado ya no proporciona nada, todo se paga caro y lo superfluo se vuelve imprescindible: La seguridad, el transporte, la salud, la educación, la telefonía, el entretenimiento, etc.

DILMA PROMETE Y NO CUMPLE

La administración Dilma Rousseff promovió literalmente un despilfarro de recursos públicos, para mantener artificialmente el empleo y la actividad económica y poder ganar las elecciones: mega-renuncias fiscales. crédito subvencionado, bajar el precio de la electricidad, distribución de las becas de estudios, etc. En la segunda vuelta, presentar a Dilma como barrera contra las privatizaciones y defensora de los derechos laborales - "No me moveré en materia de derechos laborales ni que las vacas vuelen" - garantizó la reelección por poco más de tres millones y 400.000 votos. El PT venció el cuarto pleito debido a la alta votación en el Nordeste pobre y poco industrializado [doce millones de votos de diferencia], registrando la pérdida de obreros, asalariados, profesionales, etc.

Ya en el discurso mismo de asunción de mando, la presidenta renegó las promesas electorales y abrazó las políticas neoliberales de su oponente buscando reconquistar el apoyo del gran capital. Nombró ministros de derecha, dificultó el acceso al seguro de desempleo, a la ayuda por enfermedad, a los ajustes salariales, a las pensiones por muerte, redujo el presupuesto e inversiones y aumentó la nafta, la electricidad, la carga tributaria, hundiendo al país en la recesión, en busca de la reducción de salarios y del pago a cualquier costo de la deuda externa e interna. Las políticas conservadoras de Dilma Rousseff sirvieron sólo para enajenar lo que le quedaba de apoyo popular. Su deposición, a través de golpe institucional, fue votada, sin gran oposición popular, por diputados que hasta hacía poco eran parte de la "base de sustentación" del gobierno. La excusa fue la práctica de "bicicleteos fiscales", es decir, artificio contable para cerrar las cuentas públicas, habitual en todos los gobiernos anteriores.

EL SENTIDO DEL GOLPE


El golpismo no se movilizaba contra Dilma Rousseff, dispuesta a todo para salvar a su gobierno. En el parlamento, en la policía federal, en la justicia, en los medios, en los partidos conservadores, etc., buscaba acelerar el arrastrar al país según las exigencias del gran capital y del imperialismo, en materia de gastos públicos, privatizaciones, leyes laborales, autonomía y política internacional, etc. Buscaba un salto de calidad en el proceso de liquidación de la autonomía nacional ya en curso.

La punta de lanza de la operación golpista era la criminalización del PT, entonces en el gobierno - y visto por la población como el partido de izquierda en Brasil. El 17 de marzo de 2014, durante la primera gestión Rousseff, se inauguraba en Paraná la Operación Lava Jato, inspirada en la "Manos Limpias" italiana, bajo el liderazgo de jóvenes jueces conservadores. La estrella de la operación, Sérgio Moro, estudió en la Harvard Law School, en 1998, y fue entrenado por el Departamento de Estado de los Estados Unidos. Inicialmente, la operación y el "Cazador de Corruptos" conquistaron amplísima simpatía, sobre todo entre las clases medias, además de posiciones políticas, al encarcelar a ricos empresarios, algo jamás visto en el país.

Muy pronto, la acción de Sérgio Moro y auxiliares reveló el carácter arbitrario, ilegal y políticamente sesgado de las investigaciones. Para alcanzar su objetivo precoz, incriminar a altos dirigentes petistas y, sobre todo a  Lula da Silva, la Lava Jato filtró informaciones reservadas, atrapó a la presidencia de la República y los abogados defensores, mantuvo a sospechados literalmente bajo  secuestro hasta obtener las "delaciones" que le interesaban, "premiadas" luego  con amnistías de los delitos y devolución de bienes.

La acusación de Lula da Silva  mostró ser una operación difícil, ya que, más inteligente que otoros políticos petistas y de la oposición, se limitó a embolsar el suculento pago de charlas encomendadas por grandes empresas en el exterior, no tan raro  por su servicio de "chico de propaganda"; algo inaceptable para un líder obrero pero legal y practicado habitualmente por políticos prestigiosos. Y, tampoco es raro, también por los señores jueces. La insistencia en defender, sin ninguna prueba material, que un amplio apartamento de calidad discutible [triplex de Guarujá] y un sitio en Atibaia, también poco lujoso como propiedades ocultas de Lula da Silva, llevó a Sérgio Moro a fuerte descrédito, aún más cuando se filtró la corrupción explícita faraónica de los políticos ligados al golpe. El rigor más allá de la legalidad de la justicia con los petistas chocó también con la lenidad casi total con criminales explícitos conservadores.

EL SERVICIO DEL GRAN CAPITAL

La Lava Jato se centró en las prácticas ilegales de administradores de grandes empresas nacionales públicas y privadas, dando la inmediata liliputización y promesa de privatización de Petrobrás, Caixa, BNDS, etc. y la desarticulación de las grandes contratistas [Oldebrecht, Camargo Correio, Engevix, etc.], desacreditadas y obligadas a pagar multas millonarias en Brasil y en el exterior. El monopolio del mercado nacional y el dinamismo en el exterior de las mega-contratistas perjudicaba a sus congéneres estadounidenses. La operación Lava Jato radicalizó la desnacionalización de la producción brasileña impulsada desde hace décadas, desde el fin de la dictadura. La población y los trabajadores brasileños se vieron bajo la pesada carga de los débitos públicos federales y estatales y de los intereses astronómicos que los reducen a las condiciones de una plantación esclavista productora de superganancias. En las últimas décadas, la voraz desnacionalización de la industria brasileña aumentó también la carga con las repatraciones de ganancias y enormes pagos de royaties debido a la dependencia casi total del país al exterior en cuanto a la tecnología.

LA OPOSICIÓN AL GOLPE

El golpe intentaba construir nueva base institucional y legal para su salto de calidad en el estado semi-colonial [neocolonial]. Incluso cuando el apoyo al presidente golpista se disolvió totaslmente con la instalación de la recesión general y el conocimiento de la literal organización criminal entronizada en el gobierno, el nuevo orden encontró escasa resistencia, hecho singular para la clase trabajadora, que jamás se movilizó realmente contra el el ataque general a sus derechos y a la nación.

Bajo el constante ataque de la justicia y de los medios, las direcciones petistas optaron por la moderación y el intento de negociación, tratando de salvar la piel y el aparato partidista. Para ello, sabotearon los esfuerzos y ensayos generales de movilización popular. En general, esos objetivos fueron al menos parcialmente alcanzados, hasta ahora, como veremos. Angustiada por su impotencia, la frágil oposición de izquierda, clasista y marxista, denuncia al PT y a la CUT por la actual falta de movilización, en un resultado general de las ilusiones no perdidas y de la ignorancia de la "naturaleza del escorpión".

Parte de la izquierda auto-proclamada revolucionaria apoyó objetivamente el golpe, al negar que fuese tal cosa, en algunos casos más allá de lo imaginable. En la condena del 12 de julio, el MES de Luciana Genro defendió retóircamente el derecho del ex presidente de participar en las elecciones de 2018, elogió a Lava Jato y recordó que si posiblemente el ex presidente no merecía la condena por el triple de ¡Guarujá, por faltas de pruebas, la merecía por el sitio de Atibaia! ¡Terminaron siendo auxiliares de la acusación!

En cuanto al PSTU, sostuvo que todo esto es una simple "disputa entre dos campos burgueses en crisis". La culpa de la condena sería del propio ex presidente, por aliarse a la burguesía. Como consecia de haber negado que existiese un golpe, niega igualmente el actual "estado de excepción" y elogia indirectamente a Lava Jato por encarcelar "media docena de políticos y empresarios", cuando antes sólo la gente del pueblo terminaba en la prisión. Sostuvo el derecho de Lula da Silva de  "recurrir en la justicia y defenderse" pero que los trabajadores en modo alguno participen en su defensa.

En forma oportunista, el MES, el PSTU y otros grupos similares esperan recoger los pedazos del prestigio sindical y electoral dejados por la destrucción del PT. El resto, poco importa. Pero en los últimos meses, crece la intención de voto por Lula da Silva y la sustentación política y sindical del PT, aunque en niveles muy bajos en relación a los mejores años del pasado. Un apoyo al partido que podría crecer si Lula da Silva es condenado en segunda instancia, meses antes de las elecciones. Las consecuencias de su prisión son difíciles de predecir.

El fortalecimiento electoral relativo del PT moribundo es comprensible. En el contexto de la crisis profunda, de semi-inmovilidad de los trabajadores y de reflujo del movimiento social, importantes segmentos de la población se vuelven, aunque pasivamente, hacia las organizaciones incluso desacreditadas que antes gozaron de su confianza en tiempos mejores. Más aún con la inexistencia total de alternativas mínimamente factibles. Es de esperar, también, la adhesión de buena parte del electorado ex-petista hacia proyectos electorales conservadores extra partidistas.

OFENSIVA EN MARCHA


Hasta 2018, se espera que el núcleo central de las contra-reformas federales quede aprobado, en especial la privatización de la seguridad social. Las instituciones y la legislación represivas de que disponen las clases dominantes son amplias. Sin embargo, se impone una institucionalización que garantice la sustentación, actualización y extensión permanentes de la dictadura del capital en todos los niveles de la sociedad. Es imprescindible una profunda "reforma política", quizás un parcelamiento del país, garantizando ad eternum el conservadurismo del poder legislativo. La nueva legislación electoral contará con "cláusula de umbral" más rígida que aleje a los "pequeños partidos" del juego electoral, en una búsqueda tendencial del bi-partiidismo. Sin embargo, la restricción de la participación electoral y sindical aliena los importantes segmentos de "izquierda" conquistados por las delicias del colaboracionismo con el Estado, fortaleciendo necesariamente el polo represivo en la imposición del consenso.

Hay gran preocupación sobre el próximo presidente de la República. El control del gobierno federal es fundamental para la superación de la actual fase de recesión-depresión de la economía y para la expansión y consolidación del nuevo orden en construcción, con la transferencia sustancial del nivel de decisión efectiva a la esfera privada e internacional.

El gobierno formal, con instituciones "auto-sostenibles" y "auto-deliberantes", se apoya en la represión de la justicia y la policía, con las fuerzas armadas transformadas en milicia interna. Un proceso ya en curso, en forma civilizada, en Portugal, Grecia, Italia, etc.

El nivel de éxito del proyecto de barbarización social e instauración semi-colonial radical en Brasil dependerá de la capacidad de organización y resistencia del mundo del trabajo y de la población en general. Movimientos que exigen, para realizarse en la medida necesaria, la construcción de direcciones y partidos clasistas de masas conscientes, imposibles de nacer fuera del impulso y reorganización del propio movimiento social y obrero, extremadamente débil. La confusión y la pérdida de densidad de la izquierda brasileña es abismal. En la reacción necesaria para ver la ofensiva general del gran capital, si se realiza, tendrán un papel determinante eventuales victorias, incluso parciales, pero sustanciales, de la lucha de clases en Brasil y en el exterior.

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